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Triste, ser joven en México


José Manuel Vacah (Estado de México, 1990)


Bienaventurada la casa en la que padre e hijo se dan mutuos ejemplos de virtud, porque será  nido de alegría y hogar de felicidad.
Bienaventuranzas

Veo como gran parte de mis amigos tratan de imitar a los conejos. He celebrado la maternidad de muchas de mis amigas, y con qué gusto, una paloma anida en mi corazón y canta una canción de cuna a todos los recién nacidos. Aunque dentro de toda esta alegría hay algo que me aterra. Traer un hijo al mundo es un exceso de egoísmo. Perdón, quiero decir, traer al mundo un hijo es un exceso de bondad. ¡No!… no estoy seguro: no lo estoy: sobre mi duda se cierne la pobreza y la funeraria actitud de un mundo en el que la vida (cuando digo vida quiero decir Vida) sino sufre de tuberculosis, sufre de cáncer, de sífilis, de sida, de odio, de violencia,  de esto, de lo otro; el riesgo de contagio aumenta a cada minuto, y no hay cura, para la vida nunca hay cura porque la muerte es el único resultado. Traer al mundo un hijo es una acción difícil, traerlo a un mundo devastado, puede ser un prejuicio quizá, pero es un riesgo. ¿Qué quién soy para decir esto? ¿Qué soy muy joven? Sí, tengo veintidós años y sufro de un exceso de juventud. Vivo en Ecatepec, uno de los municipios más grandes del Estado de México y uno con los más altos índices de feminicidios en el país. Vivo en un barrio que, de un tiempo para acá, comenzó a llenarse de borrachos y pendejos. He visto como gran parte de mis antiguas compañeras de clase (aquellas con las que compartí recuerdos de primaria y de secundaria: de un par de ellas estuve enamorado alguna vez), ya tienen un hijo o dos, y también he visto en el mundo a muchos niños que no tienen padres y duermen sobre una cama de banqueta después de una imbécil jornada de trabajo. ¡Celebro a la niñez mexicana!
Cerca de mi casa, vive una niña con cinco medios hermanos, lo único que comparten es la madre. Viven en una casa que sólo tiene una recámara y un baño. La madre nunca está en ella, se la vive de trabajo en trabajo, y de cama en cama. Los niños se crían solos. ¿Por qué sé esto? Porque no puedo pasar indiferente ante ciertos hechos que se me restriegan en la cara como el aliento fétido de los amaneceres en la ciudad; bonitos amaneceres, por cierto. 

Hay que temer a la pobreza,

sentenció un poeta alguna vez. Si hay algo terrible en esta vida es un niño con la ropa sucia, el estómago vacío y la cara de un viejo, llena de amargas arruguitas invisibles, donde sólo se refleja una pobreza líquida y permanente. Niños nacidos arrojados a un mundo que no les pertenece, que nunca les pertenecerá.
Los jóvenes de mi barrio viven bajo el autoritarismo de la ignorancia, borrachos jóvenes que le chiflan al alba, riéndose como hienas ante el asombro de un chiste inicuo como amarillo y fugaz. Estos jóvenes se llenan los bolsillos de celulares que robaron durante la noche anterior y bailan en la madrugada entre las calles; detenidos, a veces, en una esquina, para tomar cerveza, fumar mariguana mezclada con tabaco/meterse piedra/inhalar unas líneas de coca. Miro por la ventana, ahí están, gritando, aullando, chingando madres y rascándose los huevos con un machismo gástrico y salvaje. Están ahí: esperando, esperando. Arde el tiempo.
No todos los jóvenes de mi generación somos los mismos, estamos los otros, aquellos indignados de su propia miseria que buscan, a toda costa, cambiar los aspectos negativos de este mundo, aunque no sepamos cómo hacerlo. Nos cansamos de lavar nuestros zapatos, pero la huella de la violencia, los vicios, la ignorancia y los tiempos difíciles
que nos acosan,
es imborrable.
Cada vez es más triste ser joven en este México de sal y de carbón. Las posibilidades de una vida amable se reducen, pocas oportunidades de vivir plenamente.

A lo único que aspiramos los jóvenes

es a amar.

El tres de mayo leí esto en un periódico de circulación nacional:
La falta de políticas públicas para detener, prevenir y disminuir la cultura de la violencia social hace a la sociedad impotente, indefensa y resignada ante esta situación […]Afirmó que cualquier sociedad organizada con inversión en el bienestar social, el desarrollo y la felicidad de sus ciudadanos asume la cultura de paz, de respeto a la vida y a la seguridad ciudadana […]Todas estas problemáticas psicosociales se deben al incremento del abuso de alcohol, marihuana, cocaína y otras drogas, pero también, al acceso fácil a las armas de fuego […]Esto unido a la crisis moral, la debilidad del aparato judicial y la falta de respuestas socioeconómicas, tecnológicas y sociales para la población […]Es penoso observar, insisten los psiquiatras, cómo se han incrementado las familias rotas, los divorcios, la deserción escolar, la deambulación por las calles, exponiéndose a los maltratos físicos, emocionales, psicológicos, sexuales, padeciendo una sociedad indiferente […]Etcétera […]Etcétera […]Etcétera.

Los otros jóvenes de mi generación buscan ganar esa lucha que ha tardado en comenzar, esa revolución sitiada dentro de una caja negra que bien puede ser un sombrero de mago, cuyos augurios tiemblan en el resquicio de este sexenio presidencial, de esta protesta que se inaugura ante el rechazo al mismo sistema corrupto de políticos ignorantes y criminales. ¡Por que ya basta de que el pequeño grupo que tiene el poder siga imponiendo a criminales como presidentes! Ahora más que nunca tratamos de despertar y abrir los ojos y levantar los dedos para señalar a los asesinos y a los corruptos, sin furia: sin violencia: –las palabras del poeta Jaime Augusto deben leerse en voz alta– Y la muerte en la metralla. La muerte en las cárceles. Y la desolación jamás en nuestros corazones, el odio jamás en nuestros puños…
Los sueños nunca terminan: deseemos la paz/el amor/la vida –qué buena falta nos hace–, es momento de escribir, nuevamente, esta frase: seamos realistas, pidamos lo imposible. Que nuestra voz no comience en la violencia, que no concluya en la violencia.
Es triste ser joven en México, pero cada vez que asumo mi tristeza, me dan más ganas de hacer el amor y luchar por la causa más justa.

Viajar en metro: peleas subterráneas

Julio Jiménez

Hace un par de meses, mientras viajaba en el Metro, un par de hombres, un gordo y un barbón, comenzaron a insultarse mutuamente. Cada uno recetó un improperio al otro y sin más, llegaron a los golpes. Ambos se tundieron en una batalla ridícula en la cual ninguno asestó un buen golpe, sólo se la pasaron manoteándose y jalándose de la ropa mientras rodaban como pandas (sobre todo el gordo)  por el suelo. Todo un circo.  Así estuvieron por varios momentos hasta que, alertados por los gritos de las señoras que no soportan los espectáculos violentos, los policías llegaron y detuvieron a los gladiadores que sólo intentaron defenderse de la justicia con el ya clásico “él empezó”.
El incidente no pasó a mayores. No hubo apuestas que perseguir, vidrios rotos que limpiar ni señoras que cayeran en ataques de pánico. Sólo fue un simple momento de esparcimiento y diversión para muchos y un ridículo espectáculo para otros.
Todo pasó sin la mayor importancia, sin embargó vino a mi memoria varios días después y me causó muchas interrogantes. ¿Por qué se pelearon esos sujetos? ¿Pudo evitarse el incidente? ¿Por qué peleaban como viejitas? ¿La gente debió intentar detenerlos? ¿Yo debí intentar detenerlos? ¿Qué les hicieron los policías después de detenerlos? Aquí es necesario aclarar, antes de que comiencen a decir “fíjate que Julio disfruta viendo espectáculos sangrientos en el metro”, que yo sí tenía ganas de detenerlos, evitar que destrozaran su honra, pero una señora, que grababa con su teléfono celular, me bloqueó el camino.

Si vemos de forma superficial el incidente, no pasa de un par de gorilas inadaptados que hicieron el ridículo en público. Pero si intentamos llegar al fondo del asunto (¿Quiénes eran? ¿Por qué se pelearon? Etc.) abriremos un gran abanico de posibilidades.
No sabemos exactamente que los hizo llegar a los golpes, sin embargo podemos intentar imaginar dicha situación. Esto da como resultado un ejercicio creativo muy interesante.
Por ejemplo: yo pienso que tal vez el barbón iba leyendo un periódico cuyo encabezado decía “La diabetes es la principal causa de muerte entre los gordos”. –Usted se va a morir de diabetes –le dijo el barbón al gordo mientras hojeaba el periódico. El gordo, lógicamente, se molestó. Aquí cabe mencionar que el gordo era realmente gordo. Lo anterior es importante, ya que en México clasificamos la obesidad en dos tipos: los gorditos y los gordos. El “gordito”, generalmente un niño, pesa entre 90  y 120 kilos; el “gordo” pesa más de 120 kilos. El señor del Metro entraba en la segunda categoría. Pero bueno, volvamos al relato. El gordo se molestó y le dijo algo sobre su barba de mendigo al otro sujeto; empezaron a  pelear.
Por otro lado, también existe la posibilidad de que el gordo descubrió, basado en una foto que había encontrado entre las cosas de su esposa, que el barbón que viajaba a su lado era el amante de su mujer. El gordo le reclamó, el barbón primero lo negó, después, al no quedarle escape, le dijo al gordo que sí, que el era el amante de su mujer porque duraba más (o algo más cruel). Después se fueron a los golpes.
Ya enfrascados en la pelea, podemos imaginar que las señoras no alertaron a los policías, que el gordo y el barbón se pelearon hasta que una viejita, desesperada por tener frente a sus ojos tanta violencia, sujetó al barbón por un brazo, se giró rápidamente y le dislocó el hombro. El barbón calló al suelo, la viejita colocó su pie sobre su garganta y le pidió que se tranquilizara. Mientras la ancianita hacía eso, el gordo intentó brincar a su espalda y sujetarla del cuello, ésta se movió y el gordo calló sobre el barbón herido. La viejita sujetó al gordo por la espalda y le hizo ‘manita de puerco’ hasta quecomenzó  llorar.
Ahora sí, las señoras gritaron y alertaron a los policías, éstos llegaron, vieron al gordo y al barbón en el suelo llorando. Preguntaron qué había pasado, todos señalaron a la viejita, los policías la esposaron y se la llevaron.
Cuando comencé a imaginar qué le podrían hacer los policías a la viejita en Ministerio Público, llegó a mi cabeza una nueva teoría que al principio la tomé como ridícula pero factible. Tal vez los tipos se pelearon porque el gordo pisó al barbón, éste tenía una uña enterrada, le dolió, le recriminó al gordo, éste le contestó, el barbón se enojó y comenzaron a golpearse. Esta teoría, cabe mencionar, tendría que ser verificada, ya que suena un poco inverosímil y hasta fantasiosa. No obstante, existe una pequeña, muy pequeña, probabilidad de que haya ocurrido así. Quizás suena increíble, pero a veces, como dicen por ahí, la realidad supera a la ficción.

La embriaguez en la época colonial


Leonardo Sin

Un problema social que en México se ha venido arrastrando y que en la actualidad se le ha venido dando mucha importancia es el aumento del consumo dealcohol; un problema que sobre todo en la actualidad afecta a jóvenes, y que al parecer no siempre afecto a este sector de la población. Pero este problema  trae como consecuencia la preocupación de autoridades así como de la misma sociedad, tanto para el orden público como en aspectos morales y de seguridad, pues después de emborracharse se sufren  accidentes, hay daños a la salud, se da un mal aspecto entre otros problemas. Pero como ya adelanté éste no es un problema nuevo, así como tampoco una preocupación que haya tenido un alza en esta época, pues desde el México prehispánico existían bebidas embriagantes y se tenían reglas para su consumo. Este consumo al parecer se generalizo. Veamos pues un poco de  lo que acontecía con este problema que parece ser siempre ha estado presente entre nosotros tomando como referencia la ciudad de México.

Antes de la llegada de los españoles nadie niega que existieran las borracheras entre los indígenas, entre los cuales el consumir bebidas embriagantes era parte de una acción política – religiosa. No cualquier persona podía tomar de la bebida que se consumía en esa época, la ya conocida bebida de los dioses, pues su consumo estaba permitido sólo a los nobles y a los guerreros; los viejos podían consumir el pulque aunque también llegaba a haber borracheras populares durante los rituales a los dioses, pero había castigos portales actos.  A pesar de ser un tema interesante, no se conoce demasiado de la manera como se llevaba a cabo el consumo de esta bebida embriagante, tanto por la falta de fuentes como por el ya poco interés de esta época.

Sin embargo, hay más estudios sobre el tema en la época colonial, con distintos objetivos y directrices, con discusiones como si el consumo de estas bebidas embriagantes a la llegada de los españoles aumento entre los indígenas, si se generalizo ó si esta generalización de la embriaguez era síntoma de una relajación de las costumbres o era parte de la reacción a la represión de la que eran victimas tanto indios, como mestizos españoles y criollos pobres. Una idea que ha sido aceptada es esta última en la cual un representante es Juan Pedro Viquiera Albán, que argumenta que aun con la prohibición de pulquerías cerradas  y el aumento de impuestos al pulque entre otras reglas más que se adoptaron para regularizar su consumo, las pulquerías se volvieron centros de sociabilidad populares, lugares donde el consumo del pulque era parte del desahogo compulsivo ante la realidad de miseria y humillación constante, dando así lugar a una situación que ocasionaba múltiples y constantes desordenes; así pues las pulquerías fueron tratadas por los poderes como si fueran zonas de tolerancia.

El pulque se posicionó en el consumo de los indios y la mayoría de los pobres de la ciudad de México por su bajo costo. Los vinos españoles, aunque si se consumían, no de igual manera tanto por el costo como por la adaptación a nuevas bebidas. Por su alta demanda, la mayoría de los estudios  del consumo de alcohol giran en torno a las pulquerías. Tal fue su impacto que en 1668 se creó un ramo especial para el pulque en la real hacienda, pues los impuestos que se cobraban por su venta dejaban ganancias cuantiosas. Un aspecto por el cual no podían prohibir su venta y consumo pues se perderían ingresos en la real hacienda, por lo cual se toleró y se dictaban reglas que no siempre funcionaron; sin embargo siempre se busco su moderación. También quienes ganaban eran losproductores del pulque, que en su mayoría eran hacendados del Estado de México e Hidalgo, aunque no sólo se dedicaban a la producción de pulque, sino también a las cosechas de maíz, frijol entre otras semillas. Era la producción una aparte importante de ingresos, pues llegó a haber personas que adquirieron títulos de nobleza a partir de la venta de la bebida fermentada.

Así pues, había el ambiente  propicio para que se dieran las borracheras en la ciudad de México, tanto en vía pública como en lugares dedicados a la venta de bebidas alcohólicas. En esta época se generalizó la embriaguez y cualquier pretexto era bueno para pegarse varios días a la copa. La entrada de un virrey a la ciudad de México, una boda, la fiesta patronal de un lugar, y qué decir de los carnavales que con la llegada de los españoles y la religión católica se integraron  a las tradiciones de los mexicanos que no tardaron en adaptarse y disfrutar de los goces que trae consigo la festividad. En estas fiestas se veían borrachos por todas partes, se instalaban puestos de comida, músicos y desde luego las pulquerías y tabernas, que en combinación con el ambiente trajeron muchos problemas para el orden social que se buscaba, pues estas fiestas permitían entrar en el pecado, ver a hombres con mujeres tomando en el mismo lugar, peleas, pecados de sexo entre otros tantos contratiempos que traían consigo estas festividades de cuaresma.

También en esta época de cuaresma había una distracción más en el lago que comunicaba a Chalco con la ciudad de México. Este recorrido por trajinera se generalizó en el siglo XVIII, el cual era un paseo por las orillas del canal. Así mismo en las orillas no faltaban los puestos que vendían las dotaciones para poder hacer ameno el paseo, se vendía comida, pulque y se veían músicos en las trajineras amenizando el recorrido en donde también los desordenes no faltaban por culpa del alcohol. En nuestros días nos queda un poco de canal pero la diversión en las trajineras parece no ha cambiado demasiado en Xochimilco.

Las autoridades coloniales implementaron varias reglas como el aumento de impuestos al pulque, lo que equivalía a un aumento en su precio, medida que en un principio ayudó a la recaudación de impuestos pero que fue decayendo tal recaudación. También se dieron reglas para su consumo en que lugares era permitido, cuántas personas solo debían vender, un horario especifico, estar en las mañanas y antes de las dos de la tarde retirase, o quitar pulquerías cercanas a las iglesias y se busco facilitar la vigilancia en estos establecimientos para reprimir esas malas conductas producto de varios tarros de más. Pero no fueron suficientes las medidas y la Real Audiencia, en la primera mitad del siglo XVIII, nombraba a un juez privativo que tuviera jurisdicción exclusiva en asuntos relacionados con la venta del pulque.

Fueron distintas las medidas que se buscaron establecer y aun así el consumo siguió y tuvo que ser tolerado pues era una fuerte fuente de ingresos a la real hacienda y era parte del control de una sociedad que, si bien hacia desfiguros cuando se embriagaban y daban mal aspecto a la vía pública, preferían eso a rebeliones que muchas veces pensaban se podían dar en estos sitios de reunión. Por eso reglas como la de no haber pulquerías cerradas por el miedo a alguna organización en contra del gobierno.

No es pues un problema nuevo el consumo del alcohol, y al parecer es una herencia, aunque en esta época el consumo del pulque se va perdiendo no de la misma manera los borrachos, con los cuales se han implementado reglas como el alcoholímetro, la no entrada a menores a establecimientos con venta de alcohol, entre otras más que ustedes pueden enumerar.

Entrecruzamiento diegético en 'La rosa púrpura del Cairo'


Joana Jacob Buenaventura

En esta película de Woody Allen ocurre un fenómeno bastante interesante con el tema de la ficción, pues me parece que existen dos ficciones en las que en un determinado momento se establece un entrecruzamiento de ambas. Así mismo, existen también dos diégesis y dos historias que se vienen dando por separado, sin embargo, lo interesante es que ambas historias, en cierto momento, se convierten en una sola.
Tratando de hacer la separación entre las dos diégesis propuestas, encontramos que la primera de ellas es la película como tal, donde actúan Mía Farrow, Jeff Daniels, Danny Aiello, etc., que equivale al mundo de Cecilia, donde vive con su esposo que la maltrata y donde trabaja en una cafetería. Este mundo tiene elementos propios, no equiparables con este mundo, el fáctico. En términos de Luz Aurora Pimentel, este mundo se encuentra poblado de seres, objetos y situaciones. Todas estas características son exclusivamente propias de ese mundo. Sin embargo, este primer mundo fictivo, cumple el papel de mundo real dentro de esta ficción.
La segunda diégesis podríamos decir que se encuentra inserta dentro de esta primera, en la del mundo de Cecilia. Se trata del mundo de Tom Baxter, pues este, como una diégesis aparte, contiene sus propios seres, objetos y situaciones, además posee una espaciotemporalidad distinta a la del mundo de Cecilia, pues mientras ella vive en Estados Unidos, Tom Baxter se encuentra en El Cairo. Pero en este caso, como se trata de una ficción, El Cairo que habita Baxter es también fictivo. Por eso, cuando interviene en el mundo real de Cecilia y la invita a comer, su dinero no tiene valor, pues es también fictivo. 
La distinción entre ambas historias ocurre de la siguiente manera: en la primera se narra la historia de Cecilia, una mujer que está casada con un tipo que la maltrata, no trabaja y la engaña con otras mujeres. Trabaja en una cafetería, le gusta ir al cine y conversar sobre las películas que ha visto. Un día, le ocurre que uno de los personajes de la película que ha visto por varias noches, sale de la pantalla y tienen un romance. En la segunda historia, se narra lo referente a Tom Baxter, un explorador que va al Cairo en búsqueda de la rosa púrpura, con lo que obtendrá mucho dinero y prestigio.
El entrecruzamiento entre diégesis ocurre en el momento en el que Tom Baxter sale de la pantalla de cine y se inserta en el mundo real, el de Cecilia. Ambos mundos se ven afectados porque se encuentran uno pendiente del otro y no pueden seguir su curso normalmente. En la sala de cine los espectadores se asombran enormemente –incluso una mujer se desmaya– y las acciones que se supone llevarían a cabo de una manera normal y como cotidianamente lo harían (terminar de ver la película en el cine, ir a su casa, etc.) quedan suspendidas por este acontecimiento, pues el público se queda en la sala en espera de que el personaje que se ha fugado regrese a la película y pueda concluir la historia y ellos continuar con sus actividades.
En el mundo de Baxter ocurre lo mismo, pero existe aquí más énfasis que en el mundo real, pues este mundo sí se paraliza totalmente. Sin uno de los personajes el curso de esa diégesis se ve afectado en mayor medida, pues las acciones no pueden continuar porque  falta uno de los elementos necesarios y propios de ese mundo. Los personajes no pueden continuar la historia como lo han hecho siempre, en todas las funciones, ya que la ausencia de un personaje los deja sin saber qué hacer, pues todo en ese mundo ya se encontraba determinado. Esto queda mejor asentado con la escena en que aparece un sacerdote y al ver que todavía no es su turno de participar, menciona: “yo entro hasta el rollo seis”.
Arriba mencionaba que existe también un entrecruzamiento entre historias, pues tanto la historia de Cecilia como la de Tom se cruzan en cierto momento y se vuelven una sola. Esto ocurre por el mismo motivo: la introducción de Tom en el mundo real. Tanto la historia de Cecilia y la de Tom se encuentran en planos distintos: si este personaje de ficción no hubiera salido de su mundo, Cecilia hubiera seguido con su vida cotidiana, con su historia propia. Con Tom ocurre la misma situación: su historia se encontraba ya establecida, tenía un inicio, un desarrollo y un desenlace que se hubieran llevado a cabo de manera normal de no ser porque este personaje decide abandonar su mundo. Sin embargo, cuando Tom abandona su mundo e ingresa al otro, al real, se forma una nueva historia, donde se narra el romance entre Cecilia y Tom y las consecuencias que este hecho (la inserción de un personaje fictivo en el mundo real) desencadena.
Otro fenómeno de gran importancia es la inserción de Cecilia –una persona que se supone que es real– en el mundo de Tom, que es el mundo fictivo. Este hecho me parece aún más complejo, pues la introducción de un elemento nuevo en un mundo en el que ya todo se encuentra determinado resulta caótico. No dejo de pensar en la reacción de la mesera cuando ve llegar una persona de más y esta afirma que siempre piden mesa para seis.
Existen ciertos detalles dentro de la película que son bastante cómicos, por ejemplo cuando Tom Baxter trata de defender a Cecilia del canalla de su esposo cuando intenta golpearla y Tom asegura que él ganará porque el libreto expresa que ese personaje es valiente y posee coraje. Esto me parece que es síntoma del determinismo con que se encuentra construida la ficción, pues en ella nada se puede cambiar. Sin embargo, es curioso que dicho determinismo no sepresente de igual forma cuando Tom se enamora de Cecilia, pues se supone que éste ya tiene asignada a una amada y esto también debería persistir.
Por ultimo, un detalle que me pareció bastante inteligente de parte del productor es que hace la distinción entre el actor que representa a Tom Baxter y el propio Tom, pues los separa en persona real y personaje de ficción.

Género y sexo: cuestiones gramaticales y sociales

Napoleón Cruz

Hace algunos días, inició una suerte de contienda en la que el problema central era “El sexismo en el lenguaje”. Esto surgió por algunos comentarios realizados por el Dr. Ignacio Bosque, eminente gramático y lingüista, sobre el hecho de que no tiene nada que ver con la discriminación el uso mayoritario de palabras con género masculino que con femenino en el uso diario. Ante tal situación, algunas personas consideraron que dichas declaraciones poseen, por sí mismas, un rechazo a  los cambios en la estructura del habla: siempre hacer la distinción entre hombres y mujeres o, como pretenden algunos, entre masculino y femenino.
El problema es que estas actitudes tienen un carácter combativo y, desde mi perspectiva, un arraigado sentido feminista. En primer lugar, apelan a una situación de discriminación no muy clara –¿se puede discriminar a una mujer llamándola músico, por ejemplo? –; en segundo término, si es que hay casos de discriminación, ¿no también se efectúa contra los hombres, al haber sólo persona en lugar de que hubiese también persono?
Hay que tomar en cuenta que el sexo y el género no son lo mismo. El sexo es la “condición orgánica, masculina o femenina, de los animales y las plantas” (DRAE, 2001), es decir, la distinción natural de los animales. El género es, en gramática, la “clase a la que pertenece una nombre sustantivo  o un pronombre por el hecho de concertar con él una forma y, generalmente, sólo una, de la flexión del adjetivo y del pronombre” (DRAE, 2001). Queda claro, pues, que no se debe incurrir en un uso erróneo de estos términos: el género es una cuestión gramatical; el sexo es netamente de uso real.
También se presenta otra cuestión. Como todo el mundo sabe –o espero que sepa– existen sustantivos  que no presentan las marcas de género convencionales –opara masculino y a para femenino–, sino que, por razones meramente de uso, presentan otras terminaciones: ei y u, aunque éstos últimos dos en contados casos; e incluso nombres que no tienen una vocal como marca de género. Ahí está elefante, alhelí, iglú, jaguar, entre varios más. ¿Acaso también será necesario cambiar aelefanta y elefanto, a alhelía y alhelíojaguara y jaguaro?
Las personas que apelan por el cambio en el lenguaje y que buscan una reforma lingüística deben entender que solamente se trata de convenciones. Es cierto que el lenguaje releja una realidad, pero hay cosas que no puede reflejar cabalmente, por lo que debe llegar a acuerdos para poder funcionar en la sociedad. De ahí que existan palabras que engloben algunos términos, como personas o gente, que implica tanto hombres como mujeres, y animales, que incluye machos y hembras.

El uso de sustantivos con género masculino no implica un sentimiento de discriminación; sólo responde a una convención ya muy vieja. Creo que pretender cambiar la realidad con base en algunos aspectos gramaticales no funciona porque, como mencioné anteriormente, es una manera –que no la única– de representar nuestra realidad. En sociedad funcionamos perfectamente como hombres y mujeres –género masculino y femenino, respectivamente– y como gente –género femenino. Si hemos funcionado bien durante mucho tiempo, ¿cuál es el objetivo de cambiar la estructura gramatical de una lengua que, como dijera Antonio Alatorre, tiene poco más de 1001 años de vida?
Las cosas deben analizarse desde su respectivo campo de estudio. Dejemos el género a la Gramática y el sexo a la sociedad. Sólo si llegamos a entender que tenemos terminaciones convencionales para describir o representar la realidad, podremos asumir que no es necesario un cambio tan drástico y, si se me permite, tan inútil. ¿Cambiará mucho nuestra realidad si siempre decimos “amigas y amigos”, “señoras y señores”, ”nosotros y nosotras”, mientras no se plasme en la realidad esa equidad que sí creo necesaria para mejorar nuestras  relaciones sociales?
En lugar de buscar la igualdad en algo abstracto como el lenguaje, que es mera representación de la vida, las facciones que apoyan ese cambio deberían buscarla en el trato diario, en la sociedad, en lo real y factible. A las palabras se las lleva el viento y no creo que les agrade que cualquier borrasca elimine su condición de iguales.  Los hombres y las mujeres tenemos  sexo; sólo las categorías nominales de la gramática tienen género. Cuestiones gramaticales y sociales, sin duda.